Lo que has oído de mí podría ser cierto o podría ser tan falso como la persona que te lo ha contado.
miércoles, 22 de octubre de 2014
Era un lugar frío. Y oscuro, muy oscuro. Mirase donde mirase todo eran
tinieblas. No sabía como había llegado hasta allí, y lo peor, no
encontraba salida. Estaba asustada, sentada en un rincón de aquella
inmensidad. Sus brazos rodeaban sus piernas y su cara se escondía sobre
ellas. Temblaba, su cara pálida y sus labios cortados pedían piedad, su
voz rota y casi inaudible rezaba por el fin, sus ojos vidriosos
reflejaban el pánico. Se levantó para seguir buscando un camino que le
hiciera salir. Era tan sumamente frágil, cada paso que daba parecía que
se iba a romper. Frenó en seco, respiró profundo tres veces, como si de
un ataque de ansiedad se tratase, y echó a correr desesperadamente una
vez dada media vuelta. Chocó contra una pared, la golpeaba violentamente
mientras sus gritos doloros rompían sus cuerdas vocales.
"Dejadme vivir, dejadme vivir" repetía constantemente mientras dejaba
sus manos en aquella pared. Derrotada volvió a sentarse, exploró y nadie
le seguía ya. Estaba tan agotada que sin darse cuenta
se quedó dormida, llevaba uno, dos, tres días quizás sin dormir. Siete
horas después abrió los ojos de un sobresalto, seguía presa en ese terrorífico
zulo. Y a su lado, dormían todos todos sus mayores temores. Fue
entonces cuando se dio cuenta de que se encontraba habitando en su
propia cabeza, porque el miedo no existe en otro lugar que excepto en la mente.
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